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¿Delito de qué? - Trata con fines de explotación en el servicio doméstico

14/10/2020

Leonila no entendía qué era la trata de seres humanos cuando la guardia civil empezó el interrogatorio. Ella, que venía de un pueblo de Nicaragua, no estaba más que agradecida a Lucila y José por haberla traído a España. 

La primera vez que escuché trata de seres humanos fue cuando me llamaron a buscar en la guardia civil. Me dijeron que tenía que ir y que querían hablar conmigo por un delito de no sé qué. Fueron amables, pero no les entendí nada. Me hacían preguntas sobre Lucila y José, que de qué nos conocíamos, qué si me compraron los billetes, que si me quedé en su casa, qué si les pagué… no entendía nada. Me dieron una copia que ponía declaración y me dijeron que me reconocían como víctima de trata de seres humanos. ¿Será que me deportan?

Soy Leonila y vengo  de un pueblo pequeño de Chontales en Nicaragua. Yo hacía tiempo que quería venir a España, ahí no ganaba más que para comer y poco más; y mi tía ya había conseguido venir y estaba contenta.

Vivía con mis padres y mi hermana que tiene discapacidad, pero no conseguía hacer un futuro. Me casé, pero mi marido se marchó volando, me dejó embarazada de poco, no llegó a nacer el angelito.

Un día llame a mi tía por Facebook y le dije que me arreglara para venir a trabajar. Ella lo había hecho con una mujer que arreglaba los viajes. Ella y su marido habían traído a muchas del municipio. Eran buena gente, te ayudaban con todo.

A los tres días le llamó Lucila y me explicó cuál sería mi trabajo, cuidaría abuelos en sus casas. Me quedaría a vivir con ellos y tendría que atenderles en lo que me mandasen, también limpiar la casa si me lo pedía. ¡¡Cobraría muy bien, unos 800 euros!! Me dijo-  Madre bendita, por fin podríamos arreglar la casa. ¡¡Yo me voy para España, ahora sí que ya no tengo dudas!! Pensé.

Me dijo que necesitaba unos días para arreglar las cosas y que si quedaba mal mi tía tenía que responder por mí. Yo soy una persona trabajadora, no voy a quedar mal, eso lo tenía claro.

En dos semanas me llamó una hermana de su marido. Tenía preparada mi maleta. Me compró dos mudas y me llevó a la peluquería, tenía que viajar presentable. Me entregó también los billetes y mil cien euros, mil para enseñar en el aeropuerto y cien para pagar al chico que me llevaría hasta el aeropuerto. Me dijo que no podía gastarlos. Preparamos las preguntas para la aduana, yo quise hacer un papel para recordar todo, pero me dijo que tenía que memorizar todo, me llamó insensata. Qué vergüenza, no estoy acostumbrada a viajar.

Cuando llegué a París cogí doscientos euros para los gastos del viaje y guardé los otros ochocientos para devolverlos a Lucila. De París llegué a Barcelona y tuve que buscar la estación de sants. Había tanta gente que yo sólo pensaba en que no me robasen la maleta. Cogí el autobús y me planté en Zaragoza. Luego cogí otro autobús hasta la ciudad donde estaba su casa.

Me recogió conforme bajé del bus y me llevó al piso, era grande y ahí estaban su marido, sus dos hijos y  unas cuantas paisanas. Cenamos y reímos. Antes de cenar le devolví los ochocientos euros. Quedé ahí, contenta.

A los dos días trabajé en el hospital cuidando una abuela por las noches, me consiguió rápido un trabajo, duré 16 días. Cuando me dio el trabajo me hizo la cuenta.

Me dijo. Ahora vas a ganar y puedes devolverme la ayuda que te estoy prestando. Me sumó billetes, autobuses, maleta y todo. Fueron cinco mil cuatrocientos cincuenta y siete euros.

Esos primeros días no le pagué gran cosa, sólo me dio para pagar la estancia en su casa y la comida. Todas las mujeres que nos quedábamos en su casa aportábamos para los gastos, las que venían el fin de semana también. Entre nosotras no nos decíamos las cuentas.

Cuando terminé en el hospital me mandaron a un pueblo, cerca de las montañas. Solo había abuelos y vacas en ese pueblo. Me trataron bien. La familia me cogió cariño. Lucila tenía muchos contactos y siempre conseguía trabajo, especialmente en los pueblos.

Ahí empecé a pagar: septiembre 500, octubre 400, noviembre 400, en Diciembre tuve gastos de mi familia y pagué sólo 300… ahí me llamó la atención y me dijo que tenía que responder y que no jugara. Le expliqué la necesidad que tenía y me dijo que había que cumplir. Seguí pagando mes a mes.

Un día la detuvieron. Su marido me llamó y me dijo que si me llamaban de la guardia civil que no dijera nada. Que no fuera desagradecida y que recordara que aun debía parte del viaje. Yo ese día me asusté. Las mujeres comentaban por Messenger. Había alguna desagradecida que le había denunciado por abusadora, por cobrar de más.

A los días llegó mi momento. Me llamaron para ir a declarar. Ay diosito, yo no quiero problemas.

Yo no dije nada malo, no mentí en nada y creo que no la perjudiqué. Dije todo lo que me había ayudado, lo bien que se había portado conmigo y como yo intentaba pagar la cuota mes a mes para no quedar mal. Me acogió en su casa, me consiguió trabajo, todo.

La guardia civil me dio el teléfono de una oficina, tenía que llamar a Fundación Cruz Blanca y preguntar por una chica, ella me ayudaría. Yo por no quedar mal llamé.

Me dieron una cita y la chica me habló del delito de trata de seres humanos. ¿Delito de qué?

Le conté mi historia y le enseñé los papeles que me dieron, con paciencia me explicó qué era la trata y como lo que me había ocurrido tenía que ver con ese delito.

Le pregunté si me iban a deportar a mi país. Me explicó que no. Que me habían otorgado el 59 bis. Sonaba a chiste. Me lo explicó despacio. ¿Podría tener mis papeles? No había que esperar, ¿tres años y tener contrato? Quedamos más días, yo tenía mucha culpa.

Tenía mucha culpa hasta que me mostraron cuanto costaban los billetes de avión. Me había cobrado mucho. Quedé pensativa

Luego llegaron los mensajes de WhatsApp. Tienes que pagar lo que queda. No podía creerlo, ella estaba presa y su marido seguía pidiéndome el dinero. Todas las mujeres andábamos revueltas.

Decía que iba a salir en unos días y que su abogada había dado los nombres de todas para que nos deportasen. Esto me tenía angustiada. Una tarde no podía más y llamé a la chica de la Cruz Blanca. Al día siguiente ampliamos la denuncia.

La historia ha sido larga. Tuve que ir al juzgado a declarar. A día de hoy tengo un permiso de residencia y me han contratado en la casa de los abuelos. Leonila y su marido están a la espera del juicio, pero ahora ya no siento culpa.

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